
Hace ya una semana que surgió la idea de esta entrada pero, hasta el momento, me ha sido imposible sentarme frente al pc. para transformrarla desde el mundo de las ideas al mundo de las letras tecleadas en un ordenador y compartidas por internet.
La pasada semana tuve la oportunidad de participar en un desfile típico de la ciudad en la que resido. Desde que estoy en esta ciudad he visto el desfile, año tras año y, cuando era más pequeña, las diferentes comparsas producían diferentes sensaciones o emociones en mi. Existían aquellas que me hacían sonreir, otras que me hacían soñar y otras que, aunque pueda sonar raro, me daban miedo y, entre ellos los diablos.
El motivo por el que participamos en el desfile, porque no desfilé yo sola de mi grupo de amigos, era que pedían en una asociación voluntarios y vaya, nos animamos, una forma nueva de vivir las fiestas regionales. Una vez allí, irónicamente, nos tocó disfrazarnos de Diablos (ahora es cuando tiene sentido el párrafo anterior).
De pequeña no me plantee quién podría ir debajo de esas feas máscaras rojas y negras (para corroborarlo, está la foto del post), suponía que era gente joven pero no me plantee qué les motivaba a ello, sólo me centraba en el miedo que me generaban esas caras y esos tridentes que, aunque sabía que eran de juguete, no me hacían ninguna gracia.
Al estar bajo la máscara me encantó ver las reacciones de los niño@s. Niñ@os que podrían tener la misma edad y que, a cada uno, le evocaba algo distinto los diablos que tenían ante si. Algunos sonreían, querían fotos con nosotros otros, por su parte, nos tenían miedo, no querían saludarnos y, una pequeña minoría, tomaban la iniciativa para interaccionar con nosotros. Estuve planteándome todo el desfile (mientras no dejaba de bailar, saludar, chocar manos y sujetar la cabeza que era imposible mantener sobre mi sin mis manos ...) la diferencia de los niñ@s, cómo algunos podrían no tener miedo y, cómo otros, se asustaban tanto (y, sin poder evitar recordar como eso me pasaba a mi). Me plantee cómo podría influir ese miedo inicial en el desarrollo de los pequeños, si ese miedo se mantendría, desaparecería o se transformaría, qué había influido en su educación para dicha actitud etc. Muchas preguntas se plasmaban ante mi.
Respecto al desfile, sin duda, debido a mi experiencia como niña-miedosa decidí centrarme en aquellos que tenían más miedo y aproximarles a esa criatura roja y negra fea que tenían ante ellos. Algunos se sorprendían que, cuando el diablo se levantaba la cabeza, había una chica bajo él, otros tenían reticencia a darme la mano pero algo de valentía salía de ellos y venían a darla, incluso una niña decidió que el diablo al que tenía miedo se merecía un beso de ella.
Otro aspecto que también me sorprendió es cómo todos cambiamos nuestra forma de comportarnos en función de si podemos ser o no reconocidos. Particularmente prefería llevar la cara tapada, más que nada, porque sigo teniendo algo de esa niña miedosa y vergonzosa pero, lo que no me imaginaba, es que el tener la cara tapada iba a generar que no dejara de bailar durante el desfile ante miles de ojos alrededor de él (en condiciones normales me hubiera negado y, más, sin máscara) o a hacer el tonto. Sé que es lo que se esperaba de nosotr@s pero no pensé que lo llegara a hacer.
En fin, como experiencia, genial. No sólo por colaborar con una asociación (aunque he de decir que pensábamos que lo que íbamos a hacer era distinto, pero bueno) y la sensación positiva que suele generar las experiencias de voluntariado, sino por la propia experiencia en si. Por ver las caras de los niñ@os y ser, en cierta parte, motivo de su ilusión, por los sentimientos y sensaciones producidos, por hacer algo diferente, por tantos motivos que si empezara a enumerarlos me quedaría sin espacio en la entrada. Pero, pese a todo lo positivo, he de decir que fue algo agridulce, desde el punto de vista personal, porque de cuatro que íbamos a participar, al final sólo quedamos tres y se añoró a la diablilla que no pudo ponerse la máscara.
Lo cierto es que, pese al feo diablo, bajo la máscara no podía evitar la pequeña diablesa una sonrisa que tardó tiempo en quitar y que, cuando recuerda el momento, vuelve a aparecer.
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